En estos últimos días no he podido evitar percibir la progresiva y forzosa entrada de la navidad. Poco a poco, la ciudad se va llenando de luces, de avisos de promoción, de tráfico y de gente. En las calles, aumenta la actividad; acaso sube un par de decibeles el volumen del ruido urbano de la bullosa Medellín. Ese proceso pasa día a día, casi de manera natural, y uno se familiariza con la transformación progresiva del espacio público, así como de las casas donde van apareciendo pesebres, árboles de navidad, y accesorios de todo tipo en colores navideños, sí, incluso desde octubre o noviembre. También aparecen jingles en la radio, algunos no han cambiado desde que tengo memoria, comerciales de regalos para niños y mujeres en la televisión, vallas en las carreteras y demás avisos de esa relación intrínseca entre comercio y navidad.

Este año he visto tres curiosidades que me parece no haber notado tan marcadamente en años anteriores. La primera fue que Medellín decidió importar de manera masiva el “Black Friday”, una gringada que consiste en súper descuentos que hacen los almacenes y marcas el último viernes antes de diciembre. Los americanos han reaccionado histéricamente llenando las tiendas como si no hubiera mañana. Afortunadamente en Medellín la reacción no me pareció para nada alocada, aunque sí absurda. Ni siquiera se tomaron la molestia de traducir el nombre a nuestro idioma. Hasta en una tienda en el centro vi un plotter que decía “Aprovecha the Black Friday”.

La segunda curiosidad fue el anuncio en el único periódico que ocasionalmente ojeo porque me llega a la casa y me da pesar ni mirarlo antes de botarlo (siento en el alma el desperdicio de papel) llamado Vivir en El Poblado. Era del centro comercial El Tesoro, de toda una página, donde presenta su oferta navideña de este año: Magical Winter: el parade de Rudolf. Aseguran tener nieve original y le advierten a uno a preparase para vivir una navidad a -20 grados centígrados. Mi reacción fue parecida a la que tuve en con el Black Friday. ¿Qué hay de malo con invierno mágico? ¿Acaso es menos mágico que el magical winter? No sé, me confunden mucho todas estas cosas. Me confunde tratar de entender por qué una ciudad tropical en donde sube la temperatura hasta 30 grados quiere, justo en un momento de aguda crisis energética quiere bajar más de 40 grados la temperatura para recrear una navidad que no es real en ninguna parte de nuestro país de magia salvaje. Tampoco entiendo cuál es el mensaje navideño que quiere enviar El Tesoro a nuestros niños y familias. ¿Que la navidad sin nieve no es navidad? ¿Que son mejores las tradiciones navideñas gringas? ¿Saben los niños de Medellín qué es un parade? ¿Y quién es Rudolf? Pues si no lo sabían, si este año van a al Tesoro, lo sabrán y ese imaginario de navidad quedará instalado en ellos, así como ya se instaló en nuestro comercio el Black Friday.

La tercera curiosidad son los nuevos adornos de decoración navideña que aparecieron este año en el Retiro sobre la vía Las Palmas, donde muchas familias de Medellín con fincas en el oriente promueven el mercado de grandes figuras en madera de renos, alces, ardillas y demás animales de la navidad gringa. Me sorprendieron porque en muchos casos son realmente bonitos y están muy bien hechos. Seguramente alguien trajo los moldes y los fabricantes locales aprendieron a imitarlos y hacerlos en serie.  Llego a esta conclusión porque otros animales de fauna colombiana que ellos hacían antes como guacamayas y armadillos, sin moldes que copiar, no les quedaban tan bien terminados.

Estos tres fenómenos del Black Friday, el Magical Winter y los renos y alces de los artesanos de El Retiro me hacen reflexionar mucho acerca de nuestra identidad nacional y de nuestras aspiraciones como “nación”; del acelerado paso con el que estamos perdiendo la poca autenticidad que teníamos. De los imaginarios extranjeros y descontextualizados con los que estamos “educando” a las nuevas generaciones, de las aspiraciones que les estamos dando. Necesitamos, como sociedad violenta y desigual que somos, formar nuevas  generaciones que amen y entiendan su país y por ende crezcan preparados para brindar soluciones. No podemos darnos el lujo de desviarnos de ese camino si no queremos volver a tener la ciudad que tuvimos hace 20 y 30 años.  Me preocupan mucho esos niños que van a soñar con unas tradiciones que son copiadas, que no son auténticas, y que seguramente se van a burlar de los niños que no aprendan qué es un parade ni se enteren quién es Rudolf porque ellos siguieron con el divino niño y la natilla y el buñuelo. Me preocupa la falta de creatividad de El Tesoro y de los centros comerciales, pues no se supone que estamos en Medellinnovation? ¿Entonces para qué gastarse esa a cantidad de dinero en hacer la copia de la copia de la copia de la navidad?

Anoche fue la llamada “Alborada”, una forma local y abominablemente narco de celebrar la llegada de la navidad con voladores y tacos hacia la media noche. Esa sí es una tradición propia y auténtica, pero no por esto mejor que las importadas. Nació de las ansias de una clase emergente, que había sido excluida de las altas esferas de nuestra sociedad, de anunciar su éxito económico y obligar a los demás de enterarse de éste por medio de una anónima pero estruendosa celebración polvorera. Terminó de extenderse esta práctica,  e imponerse en una Medellín que privilegia lo privado por encima de lo público y por ende no respeta bienes colectivos como el silencio, que sólo existe si todos ponen de su parte. Afortunadamente muchas personas han tomado conciencia sobre lo absurdo de esta forma de celebración y han decidido rechazar la pólvora, especialmente aquella que ni siquiera ofrece un espectáculo visual sino que sólo hace ruido molesto, especialmente para los animales.  Sería de esperar que con los años baje la utilización de esta práctica, en la medida que el rechazo social aumente.

En conclusión, quisiera reflexionar sobre qué nos están diciendo todos estos nuevos fenómenos de importación de tradiciones extranjeras de navidad y la prevalencia de las prácticas navideñas que nacieron en nuestro peor periodo como sociedad. En ellos yo veo que se profundiza una brecha cada vez más grande entre aquel pueblo colombiano que se sigue aferrando a las tradiciones de siempre, incluso a las más nefastas, y otro pueblo colombiano que no se cree ni pueblo, ni colombiano, sino gringo, y se distancia cada vez más de las tradiciones del otro pueblo, en el que no se reconoce, no quiere reconocerse y está educando a sus hijos para que tampoco lo hagan. En pocas palabras, seguimos divididos, creando dos Colombias opuestas, antagónicas y probablemente en el futuro enemigas. No es este el camino por el que llegamos a la paz. Odio escribir esto, pero en este caso, la paz empieza por los centros comerciales. Necesitamos que ellos también apoyen este proyecto de una Colombia unida y en paz.  Lo que dice diciembre de nosotros es que tenemos una grave falta de autoestima nacional y que la reacción ante esta realidad, en vez de ser propositiva y creativa es pasiva y sólo puede copiar.  Pero yo sé que hay más para dar y que lo podemos hacer mejor. Espero que este mensaje llegue a las personas que trabajan en El Tesoro, en centros comerciales, en marcas y almacenes y que el año entrante sean capaces de sacarle el jugo a esa formación profesional por la que seguramente pagaron universidad privada y logren crear algo auténtico, lleno de sentido, algo que ayude a construir, a unir, y a enseñarnos a vivir en paz, como colombianos que somos, como paisas que somos. Y ojalá, si no es mucho pedir, que a eso que hagan, le pongan un nombre en español. O si quieren usar una lengua diferente, usen alguna de las otras más de 60 que tenemos en el territorio nacional.

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