Hace exactamente un año estábamos incubando Innove. Todo comenzó con una célula intangible pero real: la decisión de emprender en sociedad. Entonces, no sabíamos exactamente qué y mucho menos cómo, pero sabíamos algo aún más importante: lo que no queríamos ser, ni hacer. Además teníamos un sueño claro compartido: creer que un mundo mejor es posible, que en Colombia está casi todo por hacerse y que vale la pena trabajar para alcanzarlo. Esas pequeñas claridades fueron suficientes para ayudarnos a sobrevivir esa primera fase y no ahogarnos en el mar de posibles emprendimientos a crear.

Meses pasaron para obtener una idea de negocio más o menos clara, y que no ha parado de pulirse desde entonces. Este es uno de los procesos más difíciles de ser emprendedor, pues comunicar la idea para que otros la entiendan igual, y que además sea atractiva para el mercado, no sucede por accidente. El truco de la famosa idea de negocio, no está tanto en la idea misma, sino en su verbalización y en la construcción del discurso empresarial que se deriva de ella y que es el que permitir construir un valor para salir a vender. Si el producto no está claro, no se entiende bien qué es, para qué sirve o cómo funciona, el cliente no estará decidido a comprarlo. Todo esto suena muy básico y sencillo en la teoría, pero no lo es así en la realidad. A veces llegar a lo simple es lo más complejo, y toma tiempo y esfuerzo su proceso de depuración.

Una vez tuvimos ideas medianamente claras y comerciales, comenzó el segundo trimestre del año y con él, el proceso de diseño para desarrollar una identidad corporativa. Como si la incertidumbre de qué empresa quiero ser y a qué me quiero dedicar no hubiera generado indecisión suficiente, el proceso de diseño vino a probar la capacidad de entendimiento de los socios en materia estética. Desde encontrar un nombre, hasta decidir si el nombre va a en cursiva o no, a uno o dos colores, se vuelven decisiones centrales, por lo que este proceso se convierte en estratégico para lograr cohesión y entendimiento que permitan seguir adelante. Aquí no sólo tienen que ver criterios profesionales y técnicos, sino emocionales y subjetivos, por lo que esta fase del emprendimiento supone un importante reto a superar para equipos de trabajo diversos. En nuestro caso, superamos la prueba tras unos cuantos meses, muy pacientes, de ensayo y error con amigos diseñadores.

El segundo semestre comenzó con una fase comercial intensa de darnos a conocer virtual y presencialmente. La construcción de la página web también se vuelve un ejercicio excelente de síntesis de discurso y de selección de los mensajes claves que terminan de cohesionar un trabajo de identidad corporativa que había comenzado en la fase de diseño. Hacerla de forma participativa es clave para su éxito y apropiación por parte de todo el equipo. En cuanto a gestión comercial presencial, se lograron importantes aprendizajes. Por un lado, entender que estas en nuestro medio local requieren de una gran inversión en tiempo y dedicación para la generación de confianza, ya que esta antecede el interés técnico a la hora de hacer negocios. Por otro lado, aprender a cotizar correctamente ya que la administración de una empresa, así sea nueva y pequeña, implica gastos fijos e impuestos que hay que calcular muy bien dentro del modelo de negocio para poder percibir utilidades y crecer. Acaso esta fase es la más decisiva a la hora de emprender para tener éxito en ese primer año que constituye un gran reto para todo emprendedor.

Terminando el tercer trimestre del año, logramos cerrar un negocio con una empresa importante con la que durante meses, poco a poco veníamos construyendo una relación. Sólo entonces nos constituimos como SAS, que nos abrió el reto de aprender y entender cómo funcionan las leyes y los códigos en este país para quienes emprenden en la forma de SAS.

El resto del año fue balancear las actividades técnicas de ese primer gran contrato que puso a operar nuestra estructura a toda marcha, con las tareas comerciales y administrativas del día a día. Aprendimos a establecer un criterio propio en torno a la gestión del proyecto, pues no es suficiente con que las fundadoras tengamos experiencia en consultoría, es necesario establecer lineamientos comunes de hacer las cosas, que reflejen la visión del emprendimiento y su declaración de principios. Esto es especialmente importante cuando se realizan las primeras contrataciones de profesionales y se necesita dar orientaciones a personas que no han compartido el proceso de incubación y diseño, tanto del emprendimiento, como del proyecto particular en el que van a participar. Este primer proyecto de envergadura, que se encuentra hoy en su fase de cierre, nos dejó aprendizajes y experiencia en campo sobre el desarrollo de negocios inclusivos.

Nuestro balance 2015 es muy positivo. Iniciamos un proceso que nos retó y nos sorprendió en muchos niveles, y que estamos aprendiendo a conocer, y a conocernos más en el camino. Si nos preguntan qué necesita el emprendimiento, ante todo, es eso: la decisión de emprender, la claridad de lo que no se quiere, la visión del propósito superior al cual se sirve, y la certeza que este es un camino para el desarrollo profesional en servicio a la sociedad, que requiere que saquemos lo mejor de nosotros mismos en todo momento.

 

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